Entrevista con Lola Urbano

  • twitterfoto-2012-04-13-16-16-42.png Fran Iglesias Webmaster. Apple Distinguished Educator.
  • Imagen_2.png Lola Urbano Santana Mi biografía ya no puede ser breve, me he hecho mayor ;)

Cuéntame brevemente cómo es tu trabajo a día de hoy, cómo es el colegio dónde ejerces y, a grandes rasgos, qué tipo de alumnado tienes.

Mi trabajo es un regalo. 

El colegio es nuevo, y está saturado (nos reconvirtieron laboratorio de idiomas, biblioteca y sala de Música en aulas), es presuntamente bilingüe en dos líneas, francés incluido, eso es plurilingüe entonces, y está en un barrio de clase media bien situada, familias con dos sueldos y casi el 100% de viviendas conectadas a Internet, además de parques, jardines y Biblioteca Municipal con conexión gratuita. Esto no garantiza una atención adecuada a niños y niñas en su formación TIC, no son más que números, pero podríamos sospechar que está bastante bien o que, al menos, existe la posibilidad.

Mi grupo de alumnos y alumnas es un 6º de Primaria, muy bueno, buenísimo. De los 26 que son, 8 estuvieron conmigo en Infantil y eso me encanta. Tengo una niña de 13 años que vive en una casa de acogida y que, al principio, me desafiaba cada mañana; ahora sé que me aprecia y yo hago todo lo que puedo por ayudar.

Se está muy bien en mi clase, hay un ambiente relajado, activo, feliz. Cada quien tiene su ultraportátil y además tenemos un iMac, una PDI y un ordenador de mesa. Y libros, papeles, pinturas, tizas...

Antecedentes y formación

Todos pasamos por la escuela y algunos seguimos en ella, ¿cómo era la escuela que viviste y cómo la afrontabas?

Era una escuela privada de pueblo, en un caserón enorme mantenido a duras penas. Era un sitio bastante árido en el que, sin embargo, yo me sentía feliz, salvo por el cuello del uniforme y el frío en las piernas. En mi clase había al menos 60 niñas. Me sentía muy cómoda en la clase y menos cómoda en el recreo. Creo que el recreo como espacio educativo estaba y sigue estando infravalorado, abandonado, a pesar de los tímidos intentos que se hacen en algunas escuelas por cambiarlo gracias al Plan de Igualdad, ese en el que casi nadie cree.

Ya que sacas el tema ¿cómo le darías valor al tiempo del recreo?

En el tiempo de recreo los adultos no podemos estar como palos haciendo de policías. Bueno, sí que podemos porque eso es lo que se hace en el 99% de los sitios. En Secundaria es peor, porque les dejan a su suerte. Y no deberíamos.

El tiempo de recreo es un tiempo para coeducar, para recuperar juegos de nuestros abuelos, habilitar rincones para el alumnado más tranquilo. Juegos de mesa, de suelo, de saltar, brincar, bailar y correr; o sencillamente dejar en paz a quien no quiera jugar, un tiempo para tirarse en la hierba (que no dejan pisar) a mirar el cielo. En el recreo las relaciones se mueven (en clase casi nada se mueve) y una oportunidad de oro para aprender a resolver conflictos. Y para eso hay que estar presente y favorecer que esta capacidad se desarrolle. Es un tiempo escolar donde perdemos la oportunidad de enseñar a una parte del alumnado que el espacio, el físico también, es de todos y todas.

Yo veo el recreo como un patio de albero o cemento donde el pez grande se come al chico mientras el pescador mira hacia otro lado, no es un sitio donde me guste estar. Odio vigilar los recreos tal y como están planteados.

Volviendo a tu historia, ¿Cómo te planteaste hacerte maestra? ¿Fue una decisión vocacional o influyeron otros aspectos? ¿Cuáles fueron éstos?

Desde muy pequeña empecé a decir que sería maestra, como muchas alumnas mías.  Curiosamente (o no) los varones no lo dicen. Mi maestra era una mujer serena (o eso me parecía a mí entonces) que vivía muy bien (o eso me parecía a mí entonces). Sea como fuere, a mí me transmitía una forma de estar que me agradaba y quería vivir (que no ser) como ella. Creo que eso fue importantísimo. Sólo al final de mi escolaridad en Primaria tuvimos algún encontronazo (yo no trabajaba nunca a pesar de mis notas aceptables) y supongo que fue porque me pararon en seco para irme al instituto (me habían adelantado un curso porque era muy lista y luego no me dejaron seguir con mi grupo por la edad, yo la culpaba a ella, claro)

También conocía a otras maestras que parecían vivir de una forma distinta al resto de las mujeres de mi pueblo. Tenían su propio dinero, su coche, iban y venían y a mí me gustaba verlas. Supongo que, con un trabajo muy femenino, me mostraron el camino hacia mi independencia personal y laboral. Eran de algún modo, pioneras, y yo quería ser como ellas. El sueldo para toda la vida era también muy motivador.

Sumado a eso, la carrera más corta y fácil que pude encontrar era Magisterio, que también estudié cómodamente en la universidad privada los dos últimos años tras huir de la necesidad de autonomía (que no era mi fuerte) que me exigía una universidad pública desordenada y algo convulsa, casi nunca había clase porque tocaba manifestarse por algo, y yo recién salida del pueblo y del control paterno, no entendía el desbarajuste, me resultaba todo feo y pobre, y salí huyendo, literalmente.

Puede que inconscientemente tuviera también una necesidad de intentar mejorar la vida de niños y niñas como una manera de mejorar a mi niña interior. Ayudarles a ellos es ayudarme a mí. Esto no lo pongas si no quieres, que van a decir que estoy zumbá, pero no lo estoy. No creo que sea casualidad que haya tantas mujeres en educación y que los hombres que están tengan unas características determinadas (pero esto es largo y enjundioso de explicar, además de que son datos que no han revisado los de AENOR)

Da la impresión de que más que dedicarte a la enseñanza como vocación, buscabas una forma de vida.

Yo no sé lo que es la vocación. Yo sé que aquello me gustaba: la escuela, el olor a goma Milán, las libretas nuevas y la libertad (al menos aparente) de las maestras. Y sí, me ha servido para tener en gran parte la vida que imaginaba. No soy ambiciosa, así que está bien. Creo que la vocación vino después, si es que se llama así. O al mismo tiempo. La verdad es que no tengo ni idea, creo que ha sido un amor que ha ido creciendo con el tiempo y no un flechazo temporal.

¿Cuál era la opinión de tu familia al respecto de tus estudios? ¿Y de la posibilidad de trabajar y llegar a independizarte? ¿En qué medida te viste apoyada o no por tu familia y cómo crees que influyó eso en tu planteamiento de la carrera o en las decisiones relacionadas?

Mi padre siempre me animó a ser independiente de los hombres (menos él). A no vivir pendiente de tener o no un marido. Magisterio le pareció una solución insuficiente, él prefería Económicas o Farmacia, ambas encaminadas a trabajar con él. Magisterio y oposiciones me garantizaban una ventana hacia la libertad personal y más rápida, así que lo tuve claro. Y mi madre, lo tenía claro: “Las maestras viven muy bien y tu sueldo será un complemento estupendo para el de tu marido”. 

Para paliar un poco el complejo de inferioridad, que lo tenía, por hacer una carrera menor, elegí la especialidad de Matemáticas y Ciencias, que decían que eran para la gente más lista (luego me he dado cuenta de que no es cierto), y ese fue uno de mis grandes errores.

Mi madre pensaba en Magisterio como un complemento al sueldo de mi futuro marido, “una carrera cómoda y sin sobresaltos”, no tenía ni idea de las cosas que me iba a encontrar por el camino. Ni ella ni yo.

Sus opiniones influían muchísimo en mis decisiones. Tanto, que aún no sé qué habría estudiado de haberme sentido libre para elegir. Tuve todo su apoyo económico, el otro me lo tuve que fabricar sola, y aún no sé cómo he podido llegar hasta aquí.

¿En qué sentido fue un error la elección de especialidad? ¿Es algo que descubriste pronto o es un análisis que haces ahora?ç

Un error es elegir lo que crees que te dará valor ante los demás en vez de elegir lo que quieres tú realmente. Yo no quería nada, la verdad, pero elegí Ciencias porque la elegían los listos, la gente inteligente, y yo quería ser inteligente. Llegué a coger como optativa Zoología cuando a mí los animales pues como que no... Cosas absurdas que se hacen cuando eres una adolescente acomplejada y sin criterio propio. Para rematar, me casé con un veterinario ;P

Yo sabía que lo estaba haciendo mal, pero lo seguí haciendo. No es que lo haya analizado, es que cuando empecé a escribir en Internet y a ayudarle a mi hijo con la Historia de 2º de Bachillerato, me di cuenta de la barbaridad tan grande que me dejaron hacer mis adultos. Sólo un profesor me advirtió: Lola, lo tuyo son las letras, pero para mí era más importante el prestigio ante mis iguales.

Antes de incorporarte a la docencia, ¿tuviste alguna otra experiencia laboral? ¿De qué tipo?

Sí. Hice de secretaria de mi padre desde muy pequeñita. A los 12 años ya sabía hacer nóminas (de la época), llevar una caja de supermercado y fui aprendiendo a manejarme sola en los bancos llevando ingresos, papeleo, y a veces, haciendo de “jefa de personal” dando órdenes a gente mayor que yo, algunos varones, y organizando algún trabajo, etc. Cuando fui un poco mayor exigí a mi padre un sueldo y me lo pagó. No recuerdo la cantidad, pero puede parecerse mucho a la paga que les doy yo a mis hijos por el simple hecho de existir. Naderías.

Mucho antes, desde muy pequeña, mi madre me levantaba para hacer tareas del hogar como limpiar los zapatos de los hombres de la familia. Este elemento fue muy motivador para querer trabajar en otra cosa que no fuera la casa.

Visto en retrospectiva, ¿dirías que esa experiencia te ha servido posteriormente?

Todas las experiencias sirven. Gracias al trabajo con mi padre soy una funcionaria atípica, con alma casi de empresaria, efectiva, eficiente, emprendedora, autónoma y muy estresada a veces. También aprendí las diferencias entre el mundo masculino y femenino, que siguen existiendo en lo esencial y más, y quise estar del lado de los que yo veía como ganadores; al menos vivían mejor que ellas en su tiempo de ocio, algo que yo valoro mucho: tener tiempo para perder. 

Las mujeres de mi entorno rara vez estaban ociosas; hasta cuando se sentaban en las mecedoras iban con algo para coser o llevaban a alguien para acunar.

Esas diferencias me han ayudado a ayudar a mis alumnas a verse de otra forma distinta. Somos mujeres, encantadas de serlo, pero queremos tener tiempo de ocio, tiempo para perder, tiempo para elegir qué queremos y a quién queremos.

Acceso a la profesión

La decisión de presentarte a oposiciones para acceder a la profesión ¿fue inmediata, es decir, nada más terminar la carrera o no? ¿Qué te empujó a hacerlo?

Tuve la posibilidad de tener acceso directo al funcionariado porque en aquella época existía. Sacabas un 8 y algo de media y te librabas de las oposiciones. Pero nunca he sido hormiga, el “mañana lo pensaré” de Escarlata O´Hara siempre ha ido conmigo, me quedé raspando el 8. Luego he trabajado bien bajo presión, pero me gustaría cambiar eso.

Cuando terminé los tres cursos, empecé directamente a estudiar oposiciones y en mi horizonte no había nada más, así que a la tercera cayeron, a pesar de no llevar enchufe ni haberme estudiado ni la mitad de los temas. Hay cosas a las que ya no busco explicación. La certeza de que algún día las tendría siempre iba conmigo y, a pesar de que no estudiaba nada, sufrí muchísimo ;)

Añadiremos la suerte de que me cambié de Matemáticas a Infantil (sin tener ni idea) y ese año, el primero de esta especialidad llamada entonces Preescolar, las plazas fueron muy numerosas. Aprobé con algo más de un 5.

La motivación estaba clara: un sueldo para toda la vida, la garantía de tener un plato de comida y un techo propios sin depender de nadie. Me dio una libertad que empezó a ahogarme de miedo, pero ahora la disfruto  mucho.

¿Considerabas que tenías posibilidades de obtener la plaza? ¿Recuerdas cuales fueron tus sentimientos al conseguirlo?

Cuando me presentaba a cada examen me daba cuenta de que la gente había estudiado y yo no. Aún así... El año que aprobé fue el peor. Supe que había muchas plazas y empecé a castigarme por no haber estudiado hasta el punto de que la responsabilidad empezó a ahogarme, tenía crisis de ansiedad brutales y pesaba 44 kilos, era incapaz de comer. Con ese aspecto me presenté en el tribunal, tiré las bolas al suelo, y hablé de Educación personalizada sin saber muy bien qué estaba diciendo. Lo hice con mis palabras, porque el tema no me lo sabía, y coló.

El día que salió la nota prometí no comprar nunca lotería y salvo en Navidad, lo cumplo. Sentí que mi vida estaba resuelta y, aunque no fue verdad, nunca lo es, sí ha sido más llevadera en cuanto a que la parcela laboral no me pesa. Este trabajo me está regalando mucho más que la tranquilidad de un sueldo, pero eso lo he ido descubriendo a medida que me he ido descubriendo a mí.

¿Qué recuerdos tienes de tu primer día de clase? Por cierto, ¿con qué clase empezaste?

Sustituía a una maestra que tenía gripe y que era muy ordenada: trabajaba unos libros muy gordos en Preescolar. Me dijeron: sigue el libro y ya está. Afortunadamente, volvió al día siguiente y  me pasaron a sustituir a un señor mayor y serio que se operaba de algo. Era un 7º de Primaria y con lo bien que me llevo con esas edades fue genial, pero creo que no le gustó mi trabajo al resto del claustro, aunque de eso no me di cuenta sino mucho después. No creo que aprendieran gran cosa, pero lo pasaron bien. Era un centro concertado, así que mis maneras debieron darles más alas de la cuenta.

Mi primer día de clase en serio, con plaza para un curso, fue en Infantil de 4 años. No sabía qué hacer con ellos, llegué a tener momentos de angustia, eran demasiado pequeños, mi idea de escuela era la mesa, el libro, la conversación y el sosiego, así que aquellos chiquillos corriendo por el aula y chillando me descolocaron muchísimo. Ese fue mi primer gran día: el día que supe que era una analfabeta integral. Y el día que empecé a estudiar, a mi manera, pero  a estudiar. Tardé poquito en hacerme con la clase y las madres. A los padres, como ahora, conocí poquitos.

¿Cómo te planteabas las clases en esos primeros tiempos? ¿Tenías ideas preconcebidas sobre lo que era dar clase en esa etapa? ¿Crees que se confirmaron con la experiencia?

Como he dicho antes, mi idea era la que creo que tienen todavía muchos docentes: una mesa, sentada cómodamente, leyendo, escuchando hablar bajito y poco más. El chasco fue impresionante. Me dediqué a perseguir a dos maestras que me parecían preparadas y a preguntarles de todo continuamente. Busqué libros, sacaba apuntes e hice todo lo que no había hecho en tres años de carrera, pero por mi cuenta, como ahora con las TIC, eso me ha hecho ver que no sirvo para la educación reglada, qué cosas, ¿no?. No me gustaba la forma en que muchos docentes hablaban de los niños y niñas, creo que eso me despertó mi propio dolor y empecé a ocuparme de algo más que las Matemáticas, que por supuesto no me gustaban ni tanto ni tan poco como yo creía. A mí lo que me gustaba era escribir. Y escribíamos mucho en la clase.

Así que tu reacción ante el chasco, como tú lo llamas, fue buscarte la manera de afrontarlo.

Ya le he dicho, señor master, que tengo alma de empresaria, soy perfeccionista y mi empresa (cualquier cosa que hago y se ve) quiero que sea buena, digna, odio el lado cutre de la vida. Cuando me di cuenta de mi error lo que hice fue ponerme las pilas para darle a aquel desastre una manita de glamour pedagógico y, sin darme ni cuenta, empecé a aprender a ser una maestra aceptable. La otra opción, el desánimo y la desidia, no me parecían cool, ni dignas, ni glamurosas. Y además, si no hubiera reaccionado me hubiera convertido en una perdedora, y eso no me lo podía permitir. 

También recuerdo que aquellos primeros días pedía perdón a mi alumnado de 4 años continuamente por mis muchas meteduras de pata, y sé que muchos me entendían ;)

Cambios y cuestionamientos

¿Hay un momento en que te planteas la necesidad de cambios en tu trabajo docente? ¿Qué tipo de cambios? ¿Cómo tomas conciencia de esa necesidad? ¿Cómo lo afrontas?

Yo nunca me planteo nada, me lo plantea el cuerpo. Empiezo a agobiarme hace unos quince años. Llevaba ya otros tantos haciendo lo mismo: fichas. Fichas amarillentas, fichas blancas, fichas de libro. Fichas. Una amiga, mi queridísima Piti,  me enseñó la metodología de Rincones, los Proyectos y empecé a inquietarme porque tampoco sabía darle mucho vuelo a eso. Pero lo trabajaba hasta que empecé a sentirme cómoda, viendo trabajar al alumnado me di cuenta de cuánto podía aprender con y de ellos. Y empecé a quererles más también, porque me di cuenta de que la culpa de mi desasosiego no era de ellos, sino que niños y niñas necesitan, como yo, su espacio, su libertad para aprender, su tiempo, y necesitan expresar y crear. Para estar bien, serenos y tranquilos, necesitaban aire, no libros de texto 5 horas al día.

La angustia la afronté mal. Me arrepentí de haberme metido en esto y empecé a pensar en un cambio a un trabajo más prestigioso y menos tenso. Ahora sé que no existe tal cosa, aunque a mucha gente le parezca que sí, incluida yo en los días malos.

Cuando dices “más prestigioso” ¿te refieres a trabajar en etapas más altas en la escuela?

Sí. Se diga en voz alta o no, el peor profesor de universidad tiene más prestigio que la mejor de las maestras de Infantil. Y eso no sólo tiene que ver con el título (hay maestras de Infantil licenciadas), sino con el estatus que la sociedad le pinta a las cosas; con el sueldo, los permisos para investigar, viajar, etc. Uno de mis hijos me llegó a decir que no me “pega” ser maestra, y eso me removió un poco. Lo del prestigio, aún sabiendo que es una sandez, lo tengo interiorizado desde hace tanto que me cuesta soltarlo. Hubiera huido a cualquier trabajo que no estuviera tan mal mirado.

Pareciera que la gente del tercer ciclo de primaria somos “más” que la del primero y “menos” que los de secundaria. Los profesores de las marías menos que los de Matemáticas y un largo etcétera de tonterías que son tangibles y no sabemos quién las empezó, ¿lo sabe usted? Pues con un master debería saber esas cosas ;P

Llevas bastantes años utilizando las TIC en tu trabajo en el aula, ¿en qué momento decidiste o te diste cuenta de que era necesario o útil hacerlo? 

Cuando llegó a mi colegio, casi casualmente, un ordenador rarísimo, de colorines y transparente que ni siquiera sabía cómo se llamaba o qué podía hacer por mí y mi alumnado. En la primera formación no me enteré de nada (no soy buena alumna desde chica) pero entré a formar parte de la lista de correo del Proyecto Grimm y allí aprendí todo lo que sé y algo que habré olvidado seguramente. La lista Grimm ha sido mi verdadera y única Universidad y no, no estoy exagerando. Leía cuando quería, como quería, algo muy importante para mí. Y lloraba a moco tendido cuando alguien me reñía porque escribía correos larguísimos o preguntaba inocentemente ¿Qué es el paquete de Office? O ¿Para qué sirve el power point? Me pagué un curso de informática por mi cuenta, cómo me engañaron, jajaja, y a pesar de que lloraba mucho, como no me veían, seguí.

¿Cuál fue tu primera experiencia práctica, el primer proyecto, digamos, original que pusiste en marcha?

Mi primer trabajo consciente fue participar en el proyecto Xinxeta con mi alumnado de 5 años. Les enseñé a escribir en AppleWorks y Word y ellos me enseñaron a mí a manejar el KidPix, un programa de dibujo que nos dejaba embobados con sus sonidos.

Esperábamos las respuestas de la doctora Xinxeta como agua de mayo y a partir de ahí correos con las familias, cuentos montados en PowerPoint y pasados a movies, dios mío, qué cutres... Y qué bonito.

¿Qué papel otorgabas en Infantil al uso de las TIC? ¿Las interpretabas ya como un elemento pedagógico integrado o era algo relativamente aislado del desarrollo del curso?

Siempre, desde el primer día, integrado, normalizado, a pesar de la novedad y de las posibilidades. En Grimm eso estaba siempre claro. El ordenador era una pizarra, un lápiz, una herramienta, con muchas posibilidades más para crear y compartir lo creado. Era tan evidente que no me costó nada creérmelo y verlo cada día en mi clase.

Puse el ordenador como un rincón más del aula. Con la casita eran los dos rincones que no cambiaba en todo el curso, dos minas para aprender y conocer a la chiquillería. El primer día chillaron de emoción, el segundo organizamos el rincón, expliqué las normas y todo siguió como si fuera lo más normal del mundo. Sólo tuve problemas con algunas compañeras de claustro y muchas preguntas de las familias acerca de la conveniencia de lo que estaba haciendo. Lo segundo fue muy fácil de solucionar: participaban y ayudaban y aprendieron también.

Después de varios años en la etapa de Infantil, decides saltar a la Primaria. ¿Qué querías conseguir profesionalmente con ese cambio? ¿Y qué crees que has conseguido hasta el momento? 

Quería conseguir un descanso físico y mental y he conseguido eso mismo.

Dar clases en cursos a partir de cuarto de primaria es un paseo por las nubes comparado con el trabajo que se hace con los pequeños especialmente en mi caso, que no fue elegido vocacionalmente. A mí siempre me han gustado los preadolescentes y adolescentes. Como 7º y 8º ya no existe, que eran mis favoritos, trabajo con 5º y 6º que es un trabajo cómodo, gratificante y descansado, visto desde mi perspectiva, claro.

También pensaba que trabajar con niños mayores era más glamuroso, creo que lo piensa mucha gente. De hecho, en Secundaria se cobra más siendo un trabajo más llevadero (cuando se sabe qué se está haciendo, claro), y no digamos nada de la Universidad. Creo que a los cursos de niños y niñas de menos edad deberían acceder las personas más capacitadas para la docencia y recibir un sueldo algo mejor porque su esfuerzo es mayor. De ellos dependería mucho el resto de la escolarización, si ésta siguiera una secuencia coherente sin cambios bruscos de metodología, cosa que no suele ocurrir.

¿Qué te aportó la experiencia en Infantil para trabajar en edades mayores?

Todo. No me asustan los gritos, aunque no me gustan. No me asusta que niños y niñas quieran expresar lo que sienten hablando, llorando o bailando. Sé escucharles, ponerles límites y dejarles proponer trabajos, ideas, etc. Cuando tienen 4 y 5 años el miedo, salvo excepciones, a expresarse no existe, apenas han empezado a aprenderlo, así que hablan y proponen. Yo estoy acostumbrada a eso y no necesito que estén siempre callados escuchándome, sé que eso no funciona.

La metodología diferente, la paciencia, el trabajo por proyectos, la atención a la diversidad, la innovación en el sentido de probar cosas nuevas para eliminar las que no funcionan, dar su sitio a las familias poniéndoles límites (en Infantil acosan, cuando son mayores, huyen...) y facilitándoles la participación real en la vida del aula...

Trabajar en Infantil una buena temporada debería ser una reválida a pasar antes de dedicarse a la docencia (la gente de universidad, también, psicólogos, orientadores, etc.). “Si no puedes soportar los mocos de un niño, dedícate a otra cosa”, me dijo mi profesor de Sociología cuando dije que los mocos me daban muchísimo asco. Tuve que aprender a vivir con eso y acabé limpiando mocos con mucho cariño y el mismo asco de siempre. Pero lo hacía.

Innovación

En estos años en Primaria has ido incorporando diversos planteamientos innovadores en la clase, me gustaría que me contases cómo has ido llegando a ellos. Por ejemplo, la experiencia del Blog de Aula ¿cómo se te ocurrió este proyecto? ¿Qué objetivos tenías? 

Se me ocurrió como todo, en un click, nunca pienso: voy a innovar. No sabría hacerlo así. Me gusta escribir, no hay más que verme, jajaja, así que abrí un blog personal y un día escribiendo pensé que podría ser terapéutico para mi alumnado, luego que podría ser la web de mi clase sin tener que depender de que el colegio la quisiera tener o no (entonces no era como ahora, casi obligatoria), luego que las familias, luego que tareas, luego que contar lo que hacemos, que si la ortografía en Internet (batalla que aún no gano), y así...

Otra característica de tu trabajo son los proyectos, ¿cómo los introduces en el desarrollo del curso? 

De siempre, los temas del libro de Conocimiento del Medio se suelen dar de la misma manera: Fulanito, lee. Mientras Fulanito lee los demás dormimos. Yo también. Cuando Fulanitos y Menganitas acaban de leer el tema, nadie se ha enterado, así que hacemos los ejercicios, los corregimos otra vez durmiendo y tras no aprender nada, memorizan en casa lo necesario (unos más que otros) para poder rellenar medianamente bien los textos mutilados que prepara amablemente la editorial de turno, aunque sea catalana y nosotros no. No hay contexto, no hay investigación, no hay ganas, que dicen ellos. Así no se puede trabajar. Así que los proyectos van con el área de Conocimiento del medio como mínimo. 

También hacemos proyectos que salen del día a día. Parques, obras, educación sexual... Lo que sea. Y los que propone el alumnado, por supuesto.

¿Qué elementos de un proyecto piensas que son los que enganchan a tus alumnos y alumnas para involucrarse?

Se involucran porque son ellos los que construyen los temas, es más divertido. Pero no es sólo eso, se sienten responsables. Cuando salen a exponerlo caen en la cuenta de que la gente les mira, les escucha o les lee y entonces se arrepienten de no haberlo trabajado a fondo. Para el siguiente, todo lo hacen mejor. 

Últimamente he visto que estás trabajando en la línea de los Entornos Personales de Aprendizaje ¿qué motivos te llevan a plantearlos? ¿Qué necesidades crees que cubren o que beneficios proporcionan?

Pues el motivo el de siempre: ninguno en concreto. Pero leyendo cosas por ahí caí en la cuenta de que todo lo que hacemos en el ordenador desde un simple dictado a participar en redes sociales o subir materiales, queda como disperso. En el cuaderno de papel encuentran aquel fallo que tuvieron, aquella falta de ortografía o aquellos apuntes que yo di. Pero en el ordenador se pierden más, a pesar de que saben de sobra organizar sus carpetas.

La dispersión ha aumentado a la hora de compartir documentos, presentaciones, etc. Así que pensé que el PLE podría servirles de carpeta digital y que, al irlo escribiendo, irían interiorizando, como me va pasando a mí, la forma de aprender con el ordenador: dónde, cómo, qué y con quién aprenden.

¿Hay algún momento en que te digas algo así como “tengo que cambiar lo que estamos haciendo en la clase”? ¿Cuándo ocurre eso y cómo respondes?

Todos los días y me respondo cambiándolo casi siempre en el momento. Ya no plastifican el horario de clase, lo escriben a lápiz porque saben que cualquier día lo podemos cambiar, no tiene sentido seguir con lo que no funciona. A veces me cuesta más, a veces nada. 

Una de las cosas que más llama la atención al leer lo que publicas en tu blog sobre tu trabajo en el aula es el papel central de las emociones y los sentimientos. Hoy por hoy, ¿dirías que todavía es innovador darle esta importancia a la educación emocional en la escuela?

¿Innovador? Es más viejo que andar palante. También es viejo ignorar los sentimientos por cobardía o porque no se sabe cómo manejarlos. Me refiero a los adultos.

Si un niño o una niña están angustiados por algo, ¿Cómo van a aprender nada? Si el clima del aula no es buena, eso es malo para el aprendizaje. Si el clima de relación con las familias no es bueno, eso es malo para el aprendizaje. Y para una buena vida.

Para aprender a manejar el ordenador no nos necesitan. Para aprender contenidos, sólo tenemos que darles pistas. Para aprender a manejar las emociones y los sentimientos y aceptarlas como lo que son para darles buena salida, primero tenemos que aprender nosotros y luego, seguir aprendiendo con ellos. Eso creo que es lo que recordarán de nosotros cuando hayamos muerto.

La escuela tiende a suprimir las emociones más que ayudar a manejarlas, y eso dice poco de la institución como agente de cambio. La sociedad hace lo mismo, por eso hay tanta gente enferma.

¿Qué otros aspectos echas de menos en la escuela en general y en tu forma de trabajar en particular? 

Coherencia, echo de menos la coherencia entre lo que se predica y el trigo que se da. A veces parece un sitio donde engañar a los demás. En mi forma de trabajar, lo mismo. A veces no soy coherente y me canso, y me rindo, y me aburro. Hasta que vuelvo a salir al aire tras aceptar lo que siento y que no puedo estar siempre al 100%. Falta humildad y trabajo en equipo de TODA la comunidad educativa. Se achaca a la falta de tiempo el hecho de que esto no prospere, pero es una excusa tonta. Ganaríamos mucho trabajando así, por lo que creo que son el miedo y la pereza quienes nos frenan. Al menos a mí.

¿Y qué cosas sobran?

Sobra ego, soberbia y gente en posesión de la verdad. Sobran papeles. Sobran críticos y faltan manos. Sobran jefes y faltan indios.

Reflexión sobre la práctica

¿Qué dirías que está antes en tu caso: la percepción de una necesidad que requiere una respuesta nueva? ¿O el interés por ver que ocurre al introducir nuevas metodologías?

La necesidad. La curiosidad también tiene su papel, pero lo que me mueve es la necesidad de cambiar lo que no me gusta o lo que no funciona.

Por lo que me cuentas, ser innovadora en el sentido de cambiar las metodologías y los planteamientos es, por decirlo así, la forma natural de trabajar.

No entiendo que haya otra incluso siendo barrendera. Creo que buscaría la mejor forma de barrer para que me doliera menos la espalda, tardar menos o no levantar polvo. ¿Hay alguna forma de vivir que no sea innovando cada día? ¿Cambiando lo que hice mal? ¿O buscando sencillamente vivir aún mejor? Pues es lo mismo. Cuando me jubile llevaré la friolera de 45 años (creo) trabajando en la escuela; si el último día siguiera haciendo lo mismo que el primero, tendría que concluir que mi vida ha sido muy triste. Y yo no quiero eso para mí ;P

¿En qué posición colocas las TIC a la hora de renovar tu práctica docente? ¿Son un punto de partida, sólo una herramienta o realmente aportan algo más?

Son todo eso y más. Y son algo que no quiero que ocupe el centro de mi vida laboral. Para mí ya son naturales, como si hubieran estado aquí siempre. De las TIC cojo lo que me sirve y lo que no, lo desecho, no acumulo herramientas, programas ni ideas. Aún así, el ordenador está lleno de cosas ;)

Las TIC llegaron a mi aula en forma de iMac cabezón y se quedaron, sólo eso. El iMac traía dentro a Montin, Tak, Manuela, Jordi, Mariona, Fran, Nico, Teresa... Por eso adoro Internet.

¿Han funcionado todas las ideas que has ido tratando de poner en práctica con tu alumnado? Y si algunas han fallado, ¿por qué crees que ocurrió? ¿Cómo integras lo que has aprendido de estos fallos?

Han funcionado casi todas. Las que no lo han hecho ha sido gran parte culpa mía. Hay que seguir con el currículo porque las familias preguntan por los temas, y abrir Edmodo a diario en el aula es un tarea imposible porque tarda horas en cargar bien en todos los ordenadores. No puedo permitirme el lujo de perder media mañana con cada herramienta, así que las voy dejando. Una pena, porque podría sacarle mucho más, pero la conectividad, el grandísimo problema de los centros, es pésima.

Para ir terminando, ¿Qué retos piensas que te plantea tu trabajo de aquí en adelante? ¿Qué ideas querrías poner en marcha en algún momento en el futuro?

Estoy buscando inversores para construir mi propio colegio, quiero ser freelance, empresaria o algo importante, jajaja.

No lo sé, no hago planes a tan largo plazo. No suelen funcionar. Por eso no funcionan las programaciones cerradas: mientras nosotros intentamos planificarla, la vida siempre va por su cuenta. Prefiero dejar que las cosas pasen y atajarlas cuando lleguen. Ya sé que podré y que si no, tengo gente en toda España que me puede ayudar. Eso me da mucha tranquilidad. A pitonisa aún no llego... Intuyo que todo irá cambiando y que nosotros, la docencia, podremos escaquearnos cada vez menos... Está en nuestras manos, con leyes y sin ellas, hacer algo para mejorar.

hermosa entrevista, muy enriquecesdora
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